
En la entrada anterior te decía lo revolucionario que es llevar una alimentación deliciosa desde el placer, la satisfacción, la seguridad y la comodidad. Pero también tenemos que velar por que sea COMBATIVA y hacer el esfuerzo por entender que en nuestras vidas nos atraviesan múltiples circunstancias, entre ellas, el sistema en el que hemos sido criadas.
¿A qué me refiero con “criadas”? Vayamos al diccionario, cualquiera de sus acepciones:
- Dicho de una persona que ha recibido una determinada educación.
- Persona que sirve por un salario, y especialmente la que se emplea en el servicio doméstico.
- Persona que ha recibido de otra la primera crianza, alimento y educación.
¡Oh, vaya! Siento decirte que hemos sido criadas para ser criadas.
Suena duro, lo sé, puede que te haya dado una arcada, se llama patriarcado, pero en la educación hay sesgo de género, nuestras referentes son las personas de los contextos en los que nos hemos criado, y me parece que todas alguna vez hemos pensado o escuchado decir: ¿te crees que soy tu criada?
Me fascinan las palabras, su origen, significados, su belleza… Me encanta rizar el rizo, ir a la raíz, desgranar los contextos en los que afloran las desigualdades e “intentar seducirte para que comprendas el sutil lenguaje que susurra el mundo”. Me gusta hablar desde la perspectiva feminista porque, como podemos observar en el arte de la nominación, las palabras y la representación de las mismas son importantes.
La alimentación es mucho, mucho más que el simple acto de comer. Para alimentarnos “saludablemente” necesitamos tiempo, esfuerzo y capacidad económica, lo que supone una gran carga en el día a día, tanto física como mental.
Es indiscutible que las tareas domésticas en torno a la alimentación son indispensables para la seguridad, higiene y salud de las personas. Se trata del trabajo reproductivo, reproduce la vida, nuestras vidas. Pero también es indiscutible que este trabajo doméstico ha sido (y es) desarrollado de manera desigual, ya que de forma habitual son las mujeres quienes cargan con el peso de estas tareas.
Seamos sinceras, alguna vez nos hemos creído que estamos obsesionadas con la limpieza, el orden, la planificación, la comida, la crianza…, pero esa “obsesión” está cargada también de rabia y de injusticia, porque en el fondo, también sabemos que estas tareas son indispensables para la vida y que “alguien las tiene que hacer” y esto también lo hemos aprendido, aguacateñas. Hemos aprendido en un sistema que discrimina, que nos hace creer que el cometido de una mujer es ser buena esposa, buena madre y buena ama de casa.
¿Pero qué pasa cuando nos empezamos a replantear estas cosas? Que ya no podemos volver atrás, no queremos volver atrás. Queremos dejar de ser criadas en este sistema.
La alimentación combativa entra hasta el fondo, hasta la cocina, es una decisión política, un grito al cambio.
¡Basta ya!

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